lunes 28 de abril de 2008

Sara -sin permiso- v. beta

copipasteo, sin permiso, de una futura literata


(Contra las cuerdas)

Uno

En la pista de baile, la música hace vibrar el suelo y los pies de Sara. Los jóvenes se mueven de un lado para otro, ya sea bailando o abriéndose paso entre la muchedumbre. Las copas de alcohol en una mano, los cigarros en la otra y el humo envolviéndolo todo. Hay tanto desenfreno y tantas ganas de olvidarse de todo, que Sara cree que podría ahogarse. Los mechones que se escapan de su recogido se le pegan en la cara, y los aparta con un movimiento de su mano. Los tacones la están matando y siente los pies embutidos dentro de esos zapatos de punta. Intenta no moverse mucho, pero siempre que se queda quieta, sus amigas la cogen por las manos y la obligan a bailar.

-Anímate, mujer –le chilla Estrella, intentando hacerse escuchar por encima del jaleo.
-Sí, eso. Dijiste que hoy íbamos a desfasar. Nada de preocupaciones, ¿recuerdas? –añade Raquel.

Sara no dice nada e intenta moverse un poco, pero sus pies se le resienten y, haciendo una mueca por culpa del dolor, señala la barra y les hace saber que irá a tomar algo. Agradece salir de la pista de baile y de los amplificadores que atruenan sus oídos. Sube los pequeños escalones que la sacan del barullo y se sienta en un taburete que encuentra a un lado de la barra. No tarda en quitarse los zapatos y se masajea los dedos doloridos. Aprovecha la ocasión para observar el ambiente de la discoteca.
Las intermitentes luces de neón dificultan su visión, pero aún así reconoce a sus amigas entre el gentío y a varios compañeros de su instituto. Con todo, hay demasiadas caras que no conoce y mucho buitre suelto, como diría su hermana. Arruga la nariz. Nunca le han convencido las discotecas; demasiado ruido y mucha gente. Sin embargo, sí que le gusta bailar, y ése es uno de los pocos sitios (aparte de su habitación) donde puede hacerlo sin preocuparse de que la interrumpan. La próxima vez, se dice, me pongo unos zapatos usados.
El barman está en ese momento limpiando la barra, justo a su lado. Le pide una copa que no tarda en llegar. Da un par de sorbos y vuelve a ponerse los zapatos, ignorando el gemido que sus pies emiten. No le gusta quedarse allí sentada sin hacer nada; necesita moverse.
Se encamina de nuevo hacia la pista de baile, buscando a sus amigas. Es Raquel la que la encuentra, con los ojos extasiados y la frente empapada.

-¡Sarita! Pero qué guapa estás hoy, madre mía –exclama, con la voz enredada en el alcohol y la mirada perdida.

Sara frunce el entrecejo. Raquel está sola y no le gusta; siempre que se separan en sitios como ése luego tardan muchísimo en volverse a encontrar.

-¿Dónde está Estrella? –Sara coge a su amiga por los brazos y la obliga a que la mire a los ojos. Cuando Raquel bebe, bebe demasiado.
-Allí –mueve la cabeza hacia atrás y señala un punto en la nada.

Sara está a punto de replicar cuando, ciertamente, ve a Estrella. Pero no está sola, sino besando a un chico con sobrado ímpetu y pasión. Lo primero que siente es algo de envidia que le revuelve el estómago. Las chicas deslumbrantes como Estrella nunca tienen problemas en llamar la atención de los chicos. Las chicas del montón como ella, en cambio, deben ponerse zapatos de tacón destroza-pies y ni aún así lo consiguen. Luego se siente mal por sentir envidia de su amiga, pero cuando el foco de luz pasa fugazmente por encima de la pareja y alumbra sus rostros, toda emoción se extingue en un nanosegundo.

-¿Qué te pasa, tía? Parece que hayas visto un fantasma –dice Raquel cuando ve su pálida cara.
-Nada. Es que está con Lucas.

La risa de Raquel muere en su garganta.

-Oh.

Y ya no dicen nada más. No hace falta.
Sara da media vuelta y consigue salir a empujones hasta la terraza. La brisa veraniega se desliza entre su vestido de algodón y su cabello despeinado. Un nudo se le ha formado en la garganta y no es capaz de tragárselo. No es capaz de hacer como si no pasara nada.
Se deja caer contra la pared, alejada del barullo de la gente borracha y no tan borracha, y esconde su cara entre sus manos. Quiere evitar el llanto a toda costa, pero le resulta imposible. Le tiemblan los hombros y cierra los ojos con fuerza, maldiciéndose a sí misma por ser tan débil. Termina por apoyar una mejilla en su rodilla, mirando sin ver a la gente pasar.

No sabe cuánto rato está así, pero de repente aparece delante de ella Estrella, con la cara sonrojada y la ropa arrugada.

-¡Sara! ¿Dónde te habías metido? ¡Llevo buscándote una hora!

Como está sentada, Sara tiene una perspectiva desde debajo de lo que es el cuerpo de Estrella; piernas largas y torneadas, cintura estrecha y cabello ondulado, rasgos finos y ojos azules. Es una de las chicas más populares en el instituto y a ella la consideran una de las afortunadas por ser su amiga.

-¿Qué te pasa? –inquiere, agachándose hasta estar a su altura y colocar un mechón tras su oreja. Sara se aparta como si quemara.
Te he visto con Lucas. No pretendas ser buena amiga ahora.
-Nada. Estoy cansada.
Y dicho esto se levanta, se pone bien la falda del vestido, y pasa por su lado sin decir nada. Estrella la sigue, preocupada, hacia el interior de la discoteca.

-Oye, ¿qué te pasa? –repite, agarrándola por el hombro y dándole la vuelta.
Sara no se lo piensa dos veces, y dice:
-Vuelve con Lucas, anda. A mí déjame en paz.
Estrella baja la mirada.
-Pensaba que no me habías visto.
Sara no dice nada. Estrella siempre ha ido muy a la suya, pero no pensaba que ni siquiera le importase herirla.
Siente ganas de llorar.
-No ha sido nada, Sara. Es sólo un amigo.
-Ya, lo que sea. Me da igual.
-No te enfades, mujer. Pero si ni salisteis juntos.

Ahora sí, Sara se va. No es capaz ni de contestarle porque teme que no le saldrá la voz.
Cuando va al guardarropa, la chica que la atiende y le devuelve el bolso y la chaqueta de lino se la queda mirando un rato. Sara no se da cuenta de que está llorando hasta entonces, cuando ella le ofrece un pañuelo y una sonrisa triste.Dos

Son muy distintas. Hay días en los que Sara no recuerda cómo pueden ser tan amigas siendo tan diferentes. Pero lo son. De las mejores, o al menos eso pensaba. Sara conoció a Raquel en primero de secundaria, y han sido inseparables desde entonces. Luego, en tercero, cuando empezaron a ir a clases distintas, Raquel le presentó a Estrella, la más popular de su clase. Y cuando hablaron pareció que se conocieran de toda la vida. No hubo titubeos ni ganas de quedar bien. No hubo falsas sonrisas. Simplemente eran ellas mismas, al desnudo, con sus defectos y sus virtudes. Se quisieron por eso, por ser como eran, sin falsedades ni hipocresías.
Quizá ésa es la razón por la que le duele tanto que Estrella le dijera aquello en la discoteca. Porque sabe que es verdad, que ella no ha salido con Lucas, que no hay motivo para un ataque de celos como el que protagonizó. Lucas es libre de estar con quien quiera, y lo mismo puede hacer Estrella.
No debería estar dolida.
Pero lo está. Y mucho.
Se siente hundida, invisible. No sabe con quién hablarlo, porque se da cuenta de que no tiene a nadie. Sus padres, divorciados. Su hermana, estudiando para los finales del semestre, apenas rondando por casa. Y no quiere poner a Raquel en la encrucijada de tener que decidirse entre Estrella y ella.
Se levanta de la cama y abre un poco la ventana. Es temprano por la mañana, y los comercios empiezan a abrir sus puertas. El olor de bollos y pan recién hecho le llega desde la panadería situada justo debajo de su habitación. Se le abre el apetito, pues no ha tomado nada salvo el alcohol de anoche en la discoteca. Decide bajar a por algo, así que, en chándal y con el cabello recogido en un moño deshecho, sale a la calle. Hay un trotamundos con una armónica en la acera, con ropa desgastada y vieja, y barba de una semana. Tiene un sombrero a sus pies, con alguna que otra moneda en el fondo. Sara entra en la panadería.




(continuará)...





1 comentaris:

Roser dijo...

porfavor....quina vergonya marededeusenyorvirgensanta

un kiss jijiji